viernes, 28 de marzo de 2008

Salitre, espuma de mar.

Con las ropas oliendo a salitre y la faz bobalicona, amada, regresábamos de lo más profundo de nuestras experiencias. Te había hecho el amor, te había prometido que persistiría en mi erección hasta el amanecer, ja ja, y si llegaron a diez minutos, gracias, en fin, una baza más que jugué con el fín de tenerte en mis brazos. En mis brazos regresábamos de la galería baja del espigón que finaliza, clarividente, en un faro fálico. La marea esta alta y en esas ocasiones normalmente se inunda la galería, por lo que al llegar allí, borrachos, a risa partida, tras un beso asfixiante, ya sabíamos que te poseería, tus pechitos blandos y tibios cabían en la boca, que se desacía en aguas. Aguas que traquetean, entre las rocas, formando espumas que en la oscuridad, refulgen como encendidas, tus finas piernas de bailarina sin bello, con un tacto de cristal blando y fresco, tu frente contra la mía, tu pelo negro caia sobre el mío rubio, sentada a horcajadas sobre mí, te sentía blanda y húmeda, me empapabas la ropa, tu hálito húmedo me llegaba de entre las piernas y las olas dale que te pego, las rocas reían agradecidas cada embestida de la bestia que no hace otra cosa que ser fiel a su naturaleza.

Regresando sostenida en mis brazos, hacías referencia a mis bravatas amatorias.


-Toda la noche empalmado, no me lo había creido, fantasma.

La besé, humedeciendo sus labios, solo por ansia compulsiva, con la mayor delicadeza de era capaz, sellándo el incumplimiento con un nuevo empinamiento, el ruido del transbordador arribando a la orilla y la inmediatez de la gente que se baja nos hizo deponer la nueva aventura