jueves, 17 de enero de 2008

Sombra útil, cuerpo inútil

Mi sombra,en realidad, no equivale a mí,me acompaña, pero en ocasiones se me anticipa y vive la vida que voy a vivir antes que yo. Para eso debo tener el sol a la espalda. Si no le gusta el futuro, se puede estirar hacia el pasado, haciéndose tenue y delicada, saborear candorosas rememoraciones, deformadas, quizá, como la propia sombra y evitar el sol incómodo que me atusa la frente despejada.
La odio porque incluso desaparece cuando vienen pesadas y turbadas nubes, a descargar sobre mí esas gotas que de mis ojos no brotarán jamás.
Desaparece como el Sol, pero al igual que Él, no está ausente, simplemente no se ve.
Amada, con tus aromas a tierra y a césped, hiede a ciprés y las medias se me han roto de arrodillarme a limpiar la losa, losa con letra carmesí epilogando mis entrañas que yacen bajo ese peso, frío, localizado, urente, que lacera mi pecho.
En esos momentos siempre está el Sol frente a mí, la sombra, ajena, haciéndose la sueca, se estira atrás en el tiempo y...¡Dios! ¡cómo la odio! y la siento gozándose en la contemplación de qué se yo qué encuadres o escenas, que son de mi vida, no son suyas. Pero a mi no me vienen, no consigo traer del pasado nada más que rosas y hálito negro, oscuro.
En fin que mi cuerpo es absolutamente inútil, no me sirve para nada, podría quemarlo, dejarlo exangüe de un solo tajo o estrellarlo en caída libre, y mi sombra ahí seguiría, feliz, contenta, útil.
Solo me retiene la esperanza de que los recuerdos poéticos, se ciernan sobre mí cuando decapite a tu degollador, cuando pueda caminar, cuando aún con el peso de tu losa blanca y su epitafio en carmesí pueda dirigirme con paso firme a la Satisfacción del agravio inmenso causado por tu dolor y el mío.
Espero que cuando lo logre mi sombra vuelva a caminar a mi vera y deje de huir de mi.

martes, 8 de enero de 2008

Amada

Cuando acababan de descenderte de sus hombros tus hermanos tendían lágrimas por las mejillas, mal quitaban el moquillo de las narices, manos duras y grandes, que te sostuvieron en vuestros juegos de infancia . Yo estoico, quieto, sentía un ligero vaivén de mi silueta, sombra inusitadamente encorvada, la cara seca, los labios agrietados, prietos. Mirada translúcida, toda mi obsesión era desatar el nudo gutural que me dejaba sin aliento.
Aliento, el último que me exhalaste, a la cara, me la dejo seca, inerte, no ha salido una sola lágrima de mis ojos, toda la vida tendré en mis narices engarzado ese aroma a sangre y tristeza por dejarme, me lo dijiste con los ojos que con la garganta, no podías.
Frente a mí, la mirada del cabestro satisfecho, la hiena con los ojos restañando en sangre, perro de escombrera, tu marido, me arrebató tu vida.
Lo sé, fue él, me mira satisfecho, tu madre no lo creería, tan atento, sé que no sentirá remordimiento y que vivirá con el honor del deber cumplido y yo, penaré arrastrándome, echando de menos tu piel blanda, alba y lisa. ¡ahhhg! Mis puños claman venganza, pero tengo el alma rota y las entrañas no me dejan mover ni para ir a vomitar. Quizá, lo mejor sea lanzarme a la zanja y retozar en tu compañía, bajo la negra tierra, entre tus blancos brazos.