Cuando acababan de descenderte de sus hombros tus hermanos tendían lágrimas por las mejillas, mal quitaban el moquillo de las narices, manos duras y grandes, que te sostuvieron en vuestros juegos de infancia . Yo estoico, quieto, sentía un ligero vaivén de mi silueta, sombra inusitadamente encorvada, la cara seca, los labios agrietados, prietos. Mirada translúcida, toda mi obsesión era desatar el nudo gutural que me dejaba sin aliento.
Aliento, el último que me exhalaste, a la cara, me la dejo seca, inerte, no ha salido una sola lágrima de mis ojos, toda la vida tendré en mis narices engarzado ese aroma a sangre y tristeza por dejarme, me lo dijiste con los ojos que con la garganta, no podías.
Frente a mí, la mirada del cabestro satisfecho, la hiena con los ojos restañando en sangre, perro de escombrera, tu marido, me arrebató tu vida.
Lo sé, fue él, me mira satisfecho, tu madre no lo creería, tan atento, sé que no sentirá remordimiento y que vivirá con el honor del deber cumplido y yo, penaré arrastrándome, echando de menos tu piel blanda, alba y lisa. ¡ahhhg! Mis puños claman venganza, pero tengo el alma rota y las entrañas no me dejan mover ni para ir a vomitar. Quizá, lo mejor sea lanzarme a la zanja y retozar en tu compañía, bajo la negra tierra, entre tus blancos brazos.
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