Caminé entre las rosas que jalonaban las aceras, las manos estrelazaban los dedos y el fresco de la noche recién llegada me estremecía, pero mi paseo nocturno por las calles de Portugalete es algo de lo que jamás he podido prescindir. La tristeza se enjuagaba con silencio límpio y los planes negros se iban aclarando, se posaban las mariposas nocturnas en las ramillas de los rosales, cansadas de revolotear las farolas golpeando sus alas en los vidrios en una danza enajenada, se adentran en la espesura de los rosales y allí reposan.
Tras una hora larga de deslizarme por estas mis calles de la infancia y las de tu infamia, tu muerte me dejó desvencijado, piso esas aceras que recorríamos furtivos, te dejaba tu dueño en casa, seguro de tu censura, restallan los ecos de tus tacones en las baldosas, me acerco a oler las rosas, aspirando léntamente en un suspiro inacabable, el aroma pasa diréctamente a mi mente y el rocío cual néctar se posa en mi labio superior, esencia tuya que me lleva a los bancos de forja pintados en verde, que enfriaban nuestros culos allí sentados, amartelados, ahora revivo tus manos heladas bajo mi jersey, y agarro con las mias mis sienes y esos rosales, abarrotados, que penden sobre mi, al recibir un leve hálito de brisa de luna, desploman sobre mi cabeza un puñado de pétalos, rojos en exceso, aromáticos, fríos y sedosos, que al mirar mis manos a través de tus lágrimas vuelvo a revivir tu sangre.
De camino a casa paro a contemplar la estatua del otoño, bella por su colorido, triste por su acontecer, casi prefiero la del invierno que ya se ve la primavera.
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