Por un poema aprendí
que la tierra en mis bolsillos
era infértil.
Que en ellos mis manos metí,
ateridas,
y con fuerza apreté
hasta cederlos.
Que la tierra volvió a la tierra
recorriendo en un frescor
mis piernas inquietas.
Las manos tibias
palpando el vello de mis muslos
me devolvieron a mi,
vivo.
vivo.
La tierra,
es la bandera,
es la lengua,
es el cementerio.
El vello ámbar de mis piernas,
es lo más parecido a mi luz,
no es azar,
ni tampoco es deidad,
es la meliflua cadencia,
del derecho a esperar.
Por un poema quise saber
el idioma materno,
el de las manos suaves
que caldean mis mejillas
en su regazo.
Por un poema lacónico supe
que la tierra si la comes
se atora en la garganta,
entierra la lengua,
crecen céspedes,
y gusanos al tiempo.
Por un poema épico entendí
que la bandera contiene colores,
que tienen significados,
pero al cabo de las batallas
todas terminan siendo
la misma mortaja
y los colores...
Sombras de sangres atolondradas e injustas,
sombras de bajos humores.
Por un poema comprendí
que soy mi lengua,
que la tierra reverdece a mi paso,
que me lío la bandera al cuello
y soy un hombre guarecido.
Por un poema aprendí
que soy el propio poema,
que tú,
que me lees,
eres mi poema.
que caldean mis mejillas
en su regazo.
Por un poema lacónico supe
que la tierra si la comes
se atora en la garganta,
entierra la lengua,
crecen céspedes,
y gusanos al tiempo.
Por un poema épico entendí
que la bandera contiene colores,
que tienen significados,
pero al cabo de las batallas
todas terminan siendo
la misma mortaja
y los colores...
Sombras de sangres atolondradas e injustas,
sombras de bajos humores.
Por un poema comprendí
que soy mi lengua,
que la tierra reverdece a mi paso,
que me lío la bandera al cuello
y soy un hombre guarecido.
Por un poema aprendí
que soy el propio poema,
que tú,
que me lees,
eres mi poema.
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