viernes, 22 de junio de 2018

No temo al rocío.


Nunca temí al rocío
ni a oler las pesadas rosas
en los anocheceres sin luna
de octubre.

Las rosas del invierno
esconden cicateras su aroma
y tengo que acercar la nariz
para llevarme su rocío en los labios
empapados de fría calma
sosteniéndolas por el cáliz.

No temo,
al rocío
que sacia mi sed de rosas
en las postreras noches de otoño.

Ni temo, 
esa túnica blanca
que pende de las farolas
y se me mete en la boca
cuando se humedecen los bancos de forja .

Aún puedo sentir 
el latido premioso de sus tacones
y la huella 
indeleble en mi memoria
de aquellos cuerpos
sentados en el rocío
que muy estoico
cala el afán de los cuerpos
sobre el banco de forja.

La huella volátil
de sus manos álgidas
bajo el jersey de lana
de cuello alto
de cuello cisne
de cuello barco 
de cuello trémulo.

Las líneas de fuego 
en las manos de hombre.
Las vidas efimeras
en los tatuajes
marcadas a hierro y fuego
con forjas en las pieles
caducas y gozosas.

El rocío presente
en los incipientes ocasos
de los días que comienzan
cada invierno que recuerdo
y olvido
todavía hoy
humedece mis mucosas.







miércoles, 30 de mayo de 2018

La Compañía

Hablabas solo ,
sonriendo a la farola,
las manos quemadas
y los estragos del fuego
en tus pupilas.

Borracho,
con la sombra encendida,
escapaste por la ventana,
las pestañas ardidas
y la vida salvada.

Me llamaste
y no lo sabías
Acudí
y no lo sabía.

Volví de entre las primeras páginas de este cuento.