sábado, 27 de septiembre de 2008

Descargaron las rosas

Caminé entre las rosas que jalonaban las aceras, las manos estrelazaban los dedos y el fresco de la noche recién llegada me estremecía, pero mi paseo nocturno por las calles de Portugalete es algo de lo que jamás he podido prescindir. La tristeza se enjuagaba con silencio límpio y los planes negros se iban aclarando, se posaban las mariposas nocturnas en las ramillas de los rosales, cansadas de revolotear las farolas golpeando sus alas en los vidrios en una danza enajenada, se adentran en la espesura de los rosales y allí reposan.
Tras una hora larga de deslizarme por estas mis calles de la infancia y las de tu infamia, tu muerte me dejó desvencijado, piso esas aceras que recorríamos furtivos, te dejaba tu dueño en casa, seguro de tu censura, restallan los ecos de tus tacones en las baldosas, me acerco a oler las rosas, aspirando léntamente en un suspiro inacabable, el aroma pasa diréctamente a mi mente y el rocío cual néctar se posa en mi labio superior, esencia tuya que me lleva a los bancos de forja pintados en verde, que enfriaban nuestros culos allí sentados, amartelados, ahora revivo tus manos heladas bajo mi jersey, y agarro con las mias mis sienes y esos rosales, abarrotados, que penden sobre mi, al recibir un leve hálito de brisa de luna, desploman sobre mi cabeza un puñado de pétalos, rojos en exceso, aromáticos, fríos y sedosos, que al mirar mis manos a través de tus lágrimas vuelvo a revivir tu sangre.
De camino a casa paro a contemplar la estatua del otoño, bella por su colorido, triste por su acontecer, casi prefiero la del invierno que ya se ve la primavera.

viernes, 28 de marzo de 2008

Salitre, espuma de mar.

Con las ropas oliendo a salitre y la faz bobalicona, amada, regresábamos de lo más profundo de nuestras experiencias. Te había hecho el amor, te había prometido que persistiría en mi erección hasta el amanecer, ja ja, y si llegaron a diez minutos, gracias, en fin, una baza más que jugué con el fín de tenerte en mis brazos. En mis brazos regresábamos de la galería baja del espigón que finaliza, clarividente, en un faro fálico. La marea esta alta y en esas ocasiones normalmente se inunda la galería, por lo que al llegar allí, borrachos, a risa partida, tras un beso asfixiante, ya sabíamos que te poseería, tus pechitos blandos y tibios cabían en la boca, que se desacía en aguas. Aguas que traquetean, entre las rocas, formando espumas que en la oscuridad, refulgen como encendidas, tus finas piernas de bailarina sin bello, con un tacto de cristal blando y fresco, tu frente contra la mía, tu pelo negro caia sobre el mío rubio, sentada a horcajadas sobre mí, te sentía blanda y húmeda, me empapabas la ropa, tu hálito húmedo me llegaba de entre las piernas y las olas dale que te pego, las rocas reían agradecidas cada embestida de la bestia que no hace otra cosa que ser fiel a su naturaleza.

Regresando sostenida en mis brazos, hacías referencia a mis bravatas amatorias.


-Toda la noche empalmado, no me lo había creido, fantasma.

La besé, humedeciendo sus labios, solo por ansia compulsiva, con la mayor delicadeza de era capaz, sellándo el incumplimiento con un nuevo empinamiento, el ruido del transbordador arribando a la orilla y la inmediatez de la gente que se baja nos hizo deponer la nueva aventura

jueves, 17 de enero de 2008

Sombra útil, cuerpo inútil

Mi sombra,en realidad, no equivale a mí,me acompaña, pero en ocasiones se me anticipa y vive la vida que voy a vivir antes que yo. Para eso debo tener el sol a la espalda. Si no le gusta el futuro, se puede estirar hacia el pasado, haciéndose tenue y delicada, saborear candorosas rememoraciones, deformadas, quizá, como la propia sombra y evitar el sol incómodo que me atusa la frente despejada.
La odio porque incluso desaparece cuando vienen pesadas y turbadas nubes, a descargar sobre mí esas gotas que de mis ojos no brotarán jamás.
Desaparece como el Sol, pero al igual que Él, no está ausente, simplemente no se ve.
Amada, con tus aromas a tierra y a césped, hiede a ciprés y las medias se me han roto de arrodillarme a limpiar la losa, losa con letra carmesí epilogando mis entrañas que yacen bajo ese peso, frío, localizado, urente, que lacera mi pecho.
En esos momentos siempre está el Sol frente a mí, la sombra, ajena, haciéndose la sueca, se estira atrás en el tiempo y...¡Dios! ¡cómo la odio! y la siento gozándose en la contemplación de qué se yo qué encuadres o escenas, que son de mi vida, no son suyas. Pero a mi no me vienen, no consigo traer del pasado nada más que rosas y hálito negro, oscuro.
En fin que mi cuerpo es absolutamente inútil, no me sirve para nada, podría quemarlo, dejarlo exangüe de un solo tajo o estrellarlo en caída libre, y mi sombra ahí seguiría, feliz, contenta, útil.
Solo me retiene la esperanza de que los recuerdos poéticos, se ciernan sobre mí cuando decapite a tu degollador, cuando pueda caminar, cuando aún con el peso de tu losa blanca y su epitafio en carmesí pueda dirigirme con paso firme a la Satisfacción del agravio inmenso causado por tu dolor y el mío.
Espero que cuando lo logre mi sombra vuelva a caminar a mi vera y deje de huir de mi.

martes, 8 de enero de 2008

Amada

Cuando acababan de descenderte de sus hombros tus hermanos tendían lágrimas por las mejillas, mal quitaban el moquillo de las narices, manos duras y grandes, que te sostuvieron en vuestros juegos de infancia . Yo estoico, quieto, sentía un ligero vaivén de mi silueta, sombra inusitadamente encorvada, la cara seca, los labios agrietados, prietos. Mirada translúcida, toda mi obsesión era desatar el nudo gutural que me dejaba sin aliento.
Aliento, el último que me exhalaste, a la cara, me la dejo seca, inerte, no ha salido una sola lágrima de mis ojos, toda la vida tendré en mis narices engarzado ese aroma a sangre y tristeza por dejarme, me lo dijiste con los ojos que con la garganta, no podías.
Frente a mí, la mirada del cabestro satisfecho, la hiena con los ojos restañando en sangre, perro de escombrera, tu marido, me arrebató tu vida.
Lo sé, fue él, me mira satisfecho, tu madre no lo creería, tan atento, sé que no sentirá remordimiento y que vivirá con el honor del deber cumplido y yo, penaré arrastrándome, echando de menos tu piel blanda, alba y lisa. ¡ahhhg! Mis puños claman venganza, pero tengo el alma rota y las entrañas no me dejan mover ni para ir a vomitar. Quizá, lo mejor sea lanzarme a la zanja y retozar en tu compañía, bajo la negra tierra, entre tus blancos brazos.