La ceguera de recorrer el camino de lo recto, esa ceguera permanente, emperrada en teñir las esquinas dobladas en blanco lechoso y no ver nada.
¿De dónde sacaremos la leche que nos ciega?
¿De los senos de una puta vieja?
¿De la güevada senil de un excancervero?
Invidentes por todas partes, ateridos de frío resentimiento y leche cortada, que miran la espuma lechosa y huera que escancian los ángeles desconcertados, con sus nalgas trémulas, agitan las alas levitando en blanca argamasa, que no fragua de blanca y de cal que quema nuestros ojos...
Ciegos, estomagados de realidad,cuencas vacías y claras...
El hombre puede heder e inundar las abruptas aceras de miasmas corroyendo las ruedas de los coches...oxidados, inertes, sucios.
Pero, siempre está la antimateria, siempre la partícula oponente, antimateria, que está ahí para la ocasión, el tiempo es su cama de sábanas limpias, siempre o nunca, los angelotes, inundan al hombre con sus cuerpos voluptuosos de tósigos y certidumbres, pero también tenemos a los diablos, negros y flacos, exhalando aromas a maderas y humos inciertos, encendiendo la mirada con negros placeres , hedonizándonos por todos los orificios, apretando y apretando hasta forzar los ojos en sus cuencas. El lado oscuro de la ceguera que nos delata como hombres, siempre ciegos, siempre con el cayado en la mano o con la llaga, llaga que no duele,llaga tierna y tibia, llaga tierra, llaga barro, llaga polvo,cayado recto y curvo, según la eternidad.
Somos ciegos, siempre lo hemos sido, ciegos de ver solo blanco, lechada gorda blanca. Ciegos de negra y densa negrura, ciegos al matiz, estoicos ante el contraste, el hombre es un ciego para el hombre.
La salvación es la necesidad, la redención por la negrura del alma, la luz divina anega los ojos de culpa y lágrimas y da como resultado un cansinamente denso medio viscoso y lácteo, que ciega la posibilidad de saber de nosotros.
Sabremos más de nosotros cuando contemplemos la inmensidad feliz y certera de gamas del gris.
No hay comentarios:
Publicar un comentario