sábado, 17 de octubre de 2015

Actor en tus sueños

Afortunados , 
los que somos invitados 
a poblar tus sueños, 
aunque te veamos sufrir, 
agitarte, 
y nos dejes solos , 
cuando abres los ojos,
enciendes la luz,
y dejas de ver,
ahí en tu ideación, 
entretenidos en las labores, 
absurdas 
y empecinadas 
que nos has encomendado, 
para resolver esas batallas 
que se te plantean, 
en la vida, 
que no sabemos qué demonios son, 
son sueños.
Y los sueños...
sueños son.

martes, 6 de octubre de 2015

Abocados

Estamos abocados a no permanecer,
a perecer.
Rocemos pues la bondad,
escuchemos el aire que exhala una cueva,
La caída de las hojas de los cuentos
al rozar un beso.

Abocados a partir,
del momento,
a acelerar el cuento,
a no exigirnos otro esfuerzo.

A caer por el cuerpo
de la cascada,
con los brazos abiertos,
la flor abrazada.

Abocados a estar separados,
los unos de los otros,
por contra,
a buscarnos y encontrarnos,
los unos a los otros....
En el otro lado

Negociemos, lleguemos a un acuerdo niña.

Negociemos,
acordemos los redobles
de mis caricias
y la tuyas.

Negociar es tempanar,
es colmar nuestros orificios,
es pensar en mi muerte
como un negocio.

Lleguemos a un acuerdo,
concordemos nuestras cuerdas,
resonancia de las lenguas,
chasquidos de salivas.

Conciliemos mi rodilla con tu ingle,
tu mirada y mi comisura,
la esquina doblada
con tus aristas más verdes.

Tengo dos vidas que ofrecer,
nada que perder,
una acabada
y otra que atrevida
crece.

Hagamos un negocio,
te doy los días,
tú los metes en tu saco
y yo no muero,
para ti eterno
y apretamos un abrazo
allá donde te vi.

Te propongo un negocio
boyante,
te doy todo mi interés,
sin plusvalía,
sin minusvalorar lo vivido.

Sales ganando,
que te entrego el negocio,
 a precio de saldo,
pero de tu saliva,
me aprecio,
en el mercado,
desesperado,
del sobrecargo,
de latidos,
de tus niñas,
mi lágrima,
observando,
callado.

Menudo negocio,
he acabado,
un pantano,
plagado de limacos,
por un charco,
de agua fresca,
recién,
llovida,
de carácter templado,
de barro,
untuoso y cálido.

Negocié con un hada blanca
una ceguera blanca,
que me entró en la boca,
una ceguera iluminada
y torva.

Negocio perdido.

En una subasta ciega,
compré,
pagué un parpadeo,
un chelín,
que creía estar yo en su bolsillo,
y me dieron,
una ceguera negra,
de las de toda la vida.

Gané tus niñas
en una puja,
a cara descubierta,
pagué con mis comisuras,
eran las últimas que me quedaban,
y me dieron   tus niñas...
conmigo dentro.



viernes, 2 de octubre de 2015

¿Cuál es la cuestión?

La cuestión es conocer
es saber
cómo conectar
mi mente interior
con mi mente exterior

Pues estoy ciego
por la vista no puedo
estoy sordo
no me iogo

Parestésico
no te palpo
no me tiento

Me presiento 
por fuera,
me siento,
pero solo en mi pensamiento

¿Cómo salir?
¿Cómo conocer?

Tal vez uniendo cuerpos 
me sienta menos solo,
igual  escribiendo 
no pase el tiempo.

¿Será la felicidad la cuestión?
Igual no lo es...
feliz en un espejo
al revés.

Proyecto mi pensamiento
por los cuerpos de la poesía,
levitando bajo las palabras
en un caldo malvasía
y conecto con esta travesía
mi mente y la mía,
lo que creo es tu mente
y la mía.

La cuestión es 
nuevamente la misma;
Mi poesía.

La vía Láctea

¿De dónde sacaremos la leche que nos ciega? 
¿De los senos de una puta vieja? 
¿De la güevada senil de un excancerbero?

Buscamos condenar a nuestros astros
imaginar el calor blanco de la ceguera
no volveremos a ver como veíamos
nos enseñan el orden de la Vía Láctea.

Un Credo de Nicea
una jaculatoria nibal
una orden de vivir
un impuesto de sufrir.

Una infancia desafortunada
un mal en finisterre
la muerte cruda
en la vagina pelona.

Los padres con hábito coral
aceptan la sabiduría infernal
la vida es sacra y doliente
el dolor intermitente
La virtud penitente.

Ciegos de solo ver blanca lechada moral, 
soportamos a los cielos divinos 
que nos rocían de albo catecismo 
y nos meten la Vía Láctea en las niñas y 
dejamos oscurecer en martirio a la vagina pelona.
Padres de la humanidad, 
viejos por resquebrajados, 
darán a esa desdichada infanta una visión del infierno, 
desde su ceguera láctea.
¿De dónde sacaremos la leche que nos ciega? 
 ¿De los senos de una monja vieja? 
¿De la güevada senil de un sacristán demenciado?