martes, 6 de octubre de 2015

Negociemos, lleguemos a un acuerdo niña.

Negociemos,
acordemos los redobles
de mis caricias
y la tuyas.

Negociar es tempanar,
es colmar nuestros orificios,
es pensar en mi muerte
como un negocio.

Lleguemos a un acuerdo,
concordemos nuestras cuerdas,
resonancia de las lenguas,
chasquidos de salivas.

Conciliemos mi rodilla con tu ingle,
tu mirada y mi comisura,
la esquina doblada
con tus aristas más verdes.

Tengo dos vidas que ofrecer,
nada que perder,
una acabada
y otra que atrevida
crece.

Hagamos un negocio,
te doy los días,
tú los metes en tu saco
y yo no muero,
para ti eterno
y apretamos un abrazo
allá donde te vi.

Te propongo un negocio
boyante,
te doy todo mi interés,
sin plusvalía,
sin minusvalorar lo vivido.

Sales ganando,
que te entrego el negocio,
 a precio de saldo,
pero de tu saliva,
me aprecio,
en el mercado,
desesperado,
del sobrecargo,
de latidos,
de tus niñas,
mi lágrima,
observando,
callado.

Menudo negocio,
he acabado,
un pantano,
plagado de limacos,
por un charco,
de agua fresca,
recién,
llovida,
de carácter templado,
de barro,
untuoso y cálido.

Negocié con un hada blanca
una ceguera blanca,
que me entró en la boca,
una ceguera iluminada
y torva.

Negocio perdido.

En una subasta ciega,
compré,
pagué un parpadeo,
un chelín,
que creía estar yo en su bolsillo,
y me dieron,
una ceguera negra,
de las de toda la vida.

Gané tus niñas
en una puja,
a cara descubierta,
pagué con mis comisuras,
eran las últimas que me quedaban,
y me dieron   tus niñas...
conmigo dentro.



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